John Jairo Restrepo P
Inspirado en Alberto Cortez:” Mi árbol y yo”
El árbol de la casa estaba allí desde antes de que los hijos aprendieran a leer.
Nadie recordaba exactamente cuándo había sido sembrado. Don Ernesto decía que fue recién ocupada la casa por ellos; Clara aseguraba que fue poco después del nacimiento del primer hijo. Con los años dejaron de discutirlo, porque hay cosas más importantes que la precisión de los recuerdos.
Para los hijos el árbol siempre estuvo allí, e inconscientemente fue cogiendo raíces como un símbolo familiar.
Cuando Ernesto lo sembró, apenas era una plumita que emergía del suelo. Ahora sus ramas se asoman por encima del tejado y su sombra alcanza buena parte del patio.
A veces Ernesto se sentaba a observarlo en silencio. Pensaba que los árboles y los padres compartían una extraña forma de vivir. Ambos pasan la mayor parte de su existencia creciendo para otros.
El árbol ofrecía sombra sin pedir nada. Los padres también.
El árbol sostenía nidos que no le pertenecían. Los padres también.
Y cuando las aves aprendían a volar, las ramas debían acostumbrarse a quedarse vacías.
Los años pasaron. La casa se llenó de cuadernos, uniformes, cumpleaños modestos, discusiones por las tareas y fotografías pegadas en la nevera. Don Ernesto y Clara construyeron su familia con las herramientas que conocían: trabajo, disciplina, ahorro, fe y una profunda convicción de que los hijos debían tener más oportunidades que ellos.
¡Y lo lograron!
Los hijos estudiaron más. Aprendieron idiomas. Entendían tecnologías que sus padres apenas alcanzaban a nombrar. Cada logro llenaba de orgullo a los viejos.
Pero también fue apareciendo una distancia silenciosa.
No eran solamente las diferencias de opinión. Era la forma de mirarse.
Con frecuencia los hijos corregían a sus padres.
—Eso ya no es así.
—El mundo cambió.
—Ahora las cosas se entienden de otra manera.
Las frases rara vez tenían mala intención, pero Ernesto sentía que cada una arrancaba una pequeña astilla de algo muy profundo.
A Clara y Ernesto no les dolía que pensaran distinto. Le dolía sentirsen cada vez menos escuchados
A veces permanecían callados durante las reuniones familiares. Escuchaba hablar sobre política, tecnología, medio ambiente, nuevas formas de vivir y nuevos valores.
Y se alegraban de verlos comprometidos con causas nobles.
Pero también se preguntaba por qué resultaba tan fácil cuidar bosques lejanos y tan difícil cuidar las palabras dentro de la propia familia.
Una tarde surgió una discusión entre los hermanos.
Comenzó por algo insignificante.
Terminó como tantas veces.
Cada uno defendía sus ideas.
Cada uno pedía respeto.
Y cada uno entregaba muy poco de ese mismo respeto.
Cuando todos se fueron, la casa quedó en silencio.
Clara recogía los platos.
Ernesto observaba el árbol.
—¿En qué estaremos fallando? —preguntó ella.
—Tal vez en nada —respondió él.
—¿Cómo que en nada?
—Los educamos para que pensaran por sí mismos. Y eso fue exactamente lo que hicieron.
Clara guardó silencio.
—Entonces, ¿por qué duele tanto?
Ernesto observó las ramas.
—Porque una cosa es que los hijos crezcan. Otra muy distinta es sentirse incomprendido.
La tarde comenzaba a caer cuando el último automóvil desapareció al final de la calle.
Las despedidas habían sido rápidas.
Después llegaron los motores alejándose y, finalmente, el silencio.
Ese silencio que inunda, cuando la casa vuelve a quedarse sola.
Clara entró a organizar la cocina.
Ernesto permaneció en el patio.
Frente al árbol.
Su mirada se detuvo en una de las ramas más fuertes.
Era gruesa, larga y resistente.
Durante años imaginó que algún día sostendría un columpio.
No uno grande.
Solo una tabla sencilla suspendida por dos cuerdas.
Nunca llegó a comprar las cuerdas.
Las ramas siguieron creciendo de todos modos.
El árbol cumplió su parte.
Y algunas tardes, cuando el viento las movía lentamente, Ernesto tenía la extraña sensación de que aquellas ramas seguían meciéndose para alguien.
Para una risa que nunca escuchó.
Para unos pasos pequeños que nunca cruzaron el jardín.
Para una historia que la vida decidió escribir de otra manera.
Entonces comprendió que gran parte de la tristeza de los padres no proviene únicamente de lo que pierden.
Proviene también de los futuros que alguna vez imaginaron y que nunca llegaron a existir.
Miró el árbol nuevamente.
Las ramas más jóvenes se extendían hacia lugares que el viejo tronco jamás alcanzaría.
Y sin embargo no estaban separadas.
La misma savia seguía recorriéndolas a todas.
Pensó entonces que quizá las familias se parecían más a los árboles de lo que imaginamos.
Las raíces nunca ven las flores.
Nunca disfrutan la sombra.
Nunca reciben los elogios de quienes admiran la copa.
Permanecen ocultas.
Trabajando en silencio.
Sosteniendo.
Nutriendo.
Resistiendo.
Y aun así continúan haciendo su tarea.
No porque esperen reconocimiento.
Sino porque esa es su naturaleza.
Las raíces recuerdan de dónde vienen.
Las ramas descubren hacia dónde ir.
Y cuando una intenta imponerse sobre la otra, el árbol entero sufre.
Pensó entonces en Clara.
Durante años ella había sufrido más que él, cada vez que surgían las discusiones familiares.
Porque las diferencias exaltan sentimientos, no enseñados en el hogar.
Lo que le dolía era ver cómo el cariño que siempre cultivo, se perdía de las palabras
Muchas veces la había encontrado observando el árbol desde la ventana de la cocina.
Clara siempre había preferido los jardines armónicos.
Y quizá también había soñado una familia parecida.
Un árbol sereno.
Con todas sus ramas creciendo en equilibrio.
Pero los árboles reales no crecen siguiendo dibujos.
Cada rama busca la luz desde el lugar que le corresponde.
Algunas avanzan rectas.
Otras se inclinan.
Algunas se cruzan.
Otras parecen alejarse durante un tiempo.
El viento las moldea.
Las tormentas las obligan a cambiar de dirección.
Y aun así, el árbol continúa siendo uno solo.
Tal vez la belleza de la naturaleza no estaba en la perfección.
Sino en esa misteriosa capacidad de conservar la vida en medio de formas inesperadas.
Tal vez las familias también.
No eran hermosas porque todos pensaran igual.
Eran hermosas porque, a pesar de sus diferencias, continuaban compartiendo la misma raíz.
Y porque el amor, como la savia, seguía encontrando caminos para llegar hasta las ramas más distantes.
Ernesto levantó la vista.
Las hojas brillaban con la luz dorada del atardecer.
Pensó en Clara.
Pensó en sus hijos.
Pensó en los caminos que cada uno había elegido.
Y sonrió.
Porque comprendió que el verdadero legado de un árbol no es la sombra que ofrece mientras vive.
Es la vida que ayuda a sostener, incluso cuando crece en direcciones que jamás imaginó.
Entró lentamente a la casa.
La noche comenzaba a caer.
Detrás de él, el árbol permaneció inmóvil.
Firme.
Sereno.
Custodiando la memoria de una familia y también de algunos sueños que nunca llegaron a nacer.
Como si supiera algo que los hombres tardan toda una vida en aprender:
que el amor más profundo no siempre es el que tiene razón.
Es el que permanece.